Ene 31, 2017
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Discapacidad & Inteligencia Emocional

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Desde hace aproximadamente dos décadas, gana terreno un aspecto de la Inteligencia que no siempre se tiene en cuenta: la Inteligencia Emocional. Hay quienes sostienen que su potenciación mejora la calidad de vida de aquellas personas que tienen inconvenientes serios para relacionarse con otras y que ello resulta patente en los casos de individuos con diferentes condiciones y discapacidades.

Lo que conocemos como “inteligencia” tiene diversas facetas, pese a que todos utilizamos la palabra en múltiples contextos, no existe una definición que logre consenso universal. Sin embargo, tendemos a asociar inteligencia con capacidad intelectual para resolver situaciones de diferente índole y, sobre todo, la emparejamos con rendimiento académico, profesional o distintas habilidades para solucionar problemas novedosos.

La Inteligencia Emocional (IE), no se relaciona con las competencias intelectuales sino con poder reconocer y manejar los sentimientos propios y los ajenos.

Algunos fundamentos de la Inteligencia Emocional

Si bien existieron formulaciones previas como la de Howard Gardner, quien en 1983 brindaba un concepto que ampliaba el que se tenía sobre la inteligencia, el de las “inteligencias múltiples”, que abarcaba mucho más que las habilidades intelectuales, Peter Sallovey, psicólogo social, postularon por primera vez la Inteligencia Emocional en un artículo que publicaran en 1990.
Pero es Daniel Goleman, psicólogo norteamericano, quien, a partir de su best-seller “Inteligencia emocional” (1996) populariza el término.
Reconocer emociones y sentimientos es el elemento básico que nos permite relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.
Poder leer nuestros estados de ánimo y el de los demás implica, a su vez, actuar en consecuencia. Para ello no es suficiente con aprehenderlos, sino que también es necesario manejarlos, para poder desenvolvernos correctamente ante las circunstancias que se presenten.
La Inteligencia Emocional, también se forma con los pensamientos, las conductas, la autoaceptación, la solución de situaciones y las relaciones interpersonales.

Es imprescindible reconocer nuestros propios sentimientos y emociones como paso previo a saber lidiar con ellos, así como poder interpretar los de quienes nos rodean. Una vez logrado esto, el paso siguiente es lograr manejarlos en forma adecuada. Esto permite que las personas podamos desarrollar las conductas adecuadas para evitar desbordes propios y actuar en consecuencia ante las manifestaciones de los otros. A su vez, si no logramos reconocer nuestras fortalezas y debilidades, difícilmente podamos relacionarnos adecuadamente. Esto implica conocernos y adoptar estrategias que nos permitan equilibrarnos. 
De esta manera se pueden establecer relaciones interpersonales de mayor calidad, logrando autocontrol y empatía hacia los demás.

Discapacidad

Lo que se propone desde las corrientes que siguen los postulados de la IE es que, no se deje de lado esa otra forma de inteligencia, dado que ello mejora la calidad de vida de las personas.

Por eso Gardner explica que “la inteligencia es un potencial biopsicosocial que se manifiesta en la capacidad de resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos a una o más culturas” y definía otras seis áreas de inteligencia, además de las relacionadas con el lenguaje y el pensamiento matemático: la musical, la espacial, la corporal cinestésica, la intrapersonal, la interpersonal y la naturalista.

Uno de los problemas fundamentales que afrontan las personas con discapacidad,  es que suelen poseer una autoestima baja, en parte por reconocer sus dificultades, pero también en parte por lo que le vuelve del medio en el que se desenvuelven.
Mediante la IE se busca que cada persona reconozca sus emociones y que logre etiquetarlas, ponerles un nombre, reconocer sus intensidades, manejar la magnitud de sus manifestaciones y buscar la manera adecuada de exteriorizarlas.
También se trabajan los pensamientos y las conductas, los que, junto con las emociones, forman un continuo interrelacionado, para que se comprenda que las formas negativas de expresarlos traen consecuencias del mismo orden, mientras que las positivas logran mejores resultados.

Otro aspecto importante que busca desarrollarse es la actitud frente a los problemas. Saber que existe una multitud de situaciones que requieren respuestas de diversa clase ayuda a estar preparados para afrontar acontecimientos nuevos y que existen alternativas para resolverlos, además de tomar conciencia de que, al mismo tiempo, hay otros que no tienen solución.

Cabe destacar  que según el tipo de discapacidad y del grado de expresión de ella en cada persona, será distinta la forma de encarar la educación emocional y el tiempo que requerirá su implementación y las estrategias a utilizar.
En general, las personas con Síndrome de Down, por ejemplo, tienen una mayor tendencia a la sociabilidad y, por lo tanto, los métodos a utilizar para que logren un manejo adecuado de los componentes de la IE suelen recibirse mucho más fácilmente que en aquellos casos de individuos diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad u otros.

Cómo poner en práctica la Inteligencia Emocional

Las estrategias para trabajar la Inteligencia Emocional, recurren a conceptos tales como autoconocimiento, autonomía, autoestima, comunicación, habilidades sociales, escucha, solución de conflictos, pensamiento positivo, entre otros.
Lo que se busca es que las personas con discapacidad con dificultades emocionales puedan resolverlos en la medida de sus posibilidades, que aprendan a reconocer y a lidiar con sus limitaciones, para que ellas no terminen en frustración y en conductas disruptivas.

Las personas que han implementado los procedimientos relativos a la IE, han logrado una mayor tolerancia a la frustración, mayor participación en los asuntos que los conciernen, disminución de los estados depresivos, mayor aceptación social, mejoras importantes en su vida de relación, una visión más positiva de la vida entre otros.

Estos modelos de conducta se aprenden,  por lo cual es importante que, sobre todo los padres, estén al tanto de las estrategias necesarias para desarrollar la IE de sus niños, teniendo en cuenta que funcionan como un espejo en el cual se reflejan las conductas que los hijos manifiestan. Son ellos quienes resultan la principal fuente de información y los que deben comprender que los pequeños adquieren múltiples conocimientos (entre ellos, los emocionales) poco a poco y, seguramente, aquellos que tienen problemas en dicha temática requerirán de un mayor esfuerzo y más paciencia. Es imprescindible recurrir a los reforzamientos positivos, resaltar las virtudes y señalar los errores, pero sin remarcarlos.

El desarrollo de la IE, si bien ha recibido críticas (basarse en propuestas voluntaristas, fundadas en conceptos confusos y simplistas e inconexo de formulaciones de diversas ramas de la Psicología sin fundamento científico, entre otras), aparece como una herramienta a tener en cuenta para mejorar la calidad de la vida de relación de aquellas personas que, con o sin discapacidad, presentan problemas para intercomunicarse con otras y tener una buena autoimagen.

Fuentes consultadas:

Caruso, D., y Salovey P. (2005). “El directivo emocionalmente inteligente. La inteligencia emocional en la empresa”. Málaga: Algaba.

Chico, E. (1999). “Evaluación psicometrica de una escala de Inteligencia Emocional”. Boletín de Psicología, 62, 65-78.

Extremera, N. y Fernández-Berrocal, P. (2004,a). “Inteligencia Emocional, calidad de las relaciones interpersonales y empatía en estudiantes universitarios”. Clínica y Salud, 15 (2), 117-137.

El Cisne. (2015). El Cisne | Inteligencias Múltiples, Neurociencias y Discapacidad intelectual. [online] Available at: http://elcisne.org [Accessed 22 Jul. 2016].

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